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Habitar con los sentidos: memoria, percepción y experiencia espacial

16 ago
5 min de lectura

Actualizado: 23 ago


¿Alguna vez te han preguntado si recuerdas a una persona o un evento y te ha tomado tiempo responder? Curiosamente, el recuerdo suele aparecer con mayor rapidez cuando evocamos el espacio, la habitación o el edificio donde sucedió. Esto se debe a que el lugar en el que vivimos una experiencia —como conocer a una persona— puede quedar grabado en la memoria con mayor nitidez que la situación o, incluso, que la persona misma. Pero ¿por qué sucede esto? ¿Por qué solemos recordar a las personas y los acontecimientos en relación con los espacios? ¿Existe una conexión directa entre el espacio y la memoria?


Cuando hablamos de reconocimiento espacial, nuestro cerebro se encarga de procesar los estímulos sensoriales que recibimos del entorno. A manera de escáner, registramos los distintos elementos del espacio: los muros, las ventanas y las puertas; la procedencia de la luz y, quizá de manera secundaria, la ventilación o incluso las posibles salidas de un sitio. Así, el espacio puede quedar registrado en la memoria como un mapa abstracto que nos ayuda a navegar de forma intuitiva y a responder ante lo que sucede en nuestro entorno (Eberhard, 2007; Metzger, 2018).


La percepción del espacio y la navegación son dos conceptos relevantes en la concepción de la arquitectura y están estrechamente relacionados con los elementos de diseño utilizados en un proyecto. Su estudio requiere una mirada interdisciplinaria que vincule la arquitectura con las neurociencias, las ciencias cognitivas, la biología y las distintas ramas de la psicología, especialmente la ambiental, la cognitiva y la social.


Metzger (2018) propone una aproximación que relaciona la investigación neurocientífica con los elementos arquitectónicos y la estimulación multisensorial. Desde esta perspectiva, una buena arquitectura no se limita a responder a necesidades funcionales o visuales, sino que considera la diversidad de sentidos que participan en la experiencia del espacio.


En los últimos años se ha popularizado una etiqueta atractiva y eficaz en términos de divulgación para describir este cruce entre arquitectura y neurociencia. Sin embargo, conviene revisar críticamente su alcance. Aunque se presenta como un concepto amplio y fácilmente reconocible, su marco disciplinario puede resultar paradójicamente estrecho: concentra la atención en la relación entre la arquitectura y las neurociencias, mientras deja en segundo plano las aportaciones de las ciencias cognitivas, la biología y los diferentes campos de la psicología ambiental, cognitiva, social y del comportamiento.


Por esta razón, resulta más preciso hablar de un estudio interdisciplinario de la experiencia espacial. Este enfoque permite comprender los espacios no solo a partir de las respuestas del cerebro, sino también desde el cuerpo, la conducta, la percepción, la memoria, la cultura y las relaciones que construimos con nuestro entorno.


Tampoco podemos pensar en los elementos arquitectónicos únicamente desde su naturaleza material, pues debemos considerar factores inmateriales como las ideologías, las culturas y las convenciones. En este sentido, el diseño queda condicionado no solo por los elementos arquitectónicos, sino también por factores intangibles que participan en la estimulación de los sentidos y en la construcción de significados.


A este cruce disciplinario se suma el concepto de experiencia. La experiencia implica el reconocimiento de un acontecimiento a partir de la memoria personal —íntima— y de la memoria colectiva —social e ideológica—. Por ejemplo, solemos recordar a qué sabe una manzana. Por un lado, este pensamiento es íntimo y está sujeto al gusto personal y a la percepción sensorial de agrado o desagrado. Por otro, se relaciona con la memoria colectiva, que puede condicionar nuestra percepción sobre la importancia y los beneficios de comer una manzana o, incluso, dotarla de una connotación negativa, como sucede con la manzana envenenada del cuento de Blancanieves.


Algo similar ocurre con la experiencia de la arquitectura: percibimos los espacios tanto de manera íntima como colectiva. De acuerdo con Eberhard (2007), percibir implica reconocer objetos y experiencias mediante procesos que comienzan en los sentidos y se relacionan con la memoria. El estudio interdisciplinario de la experiencia espacial nos permite evaluar cómo percibimos los entornos y qué implica utilizar determinados elementos arquitectónicos como estrategias de estimulación sensorial. También nos ayuda a analizar sus posibles efectos en el comportamiento humano y en la construcción de experiencias individuales y colectivas.


Eberhard (2007) explica que el reconocimiento de un objeto comienza con la estimulación sensorial. Cuando observamos una puerta, la información visual es procesada y relacionada con experiencias anteriores almacenadas en la memoria, lo que finalmente nos permite reconocerla como tal. Lo mismo ocurre cuando reconocemos una voz, el olor de una rosa, el sabor del chocolate o la textura del terciopelo; incluso cuando percibimos nuestro cuerpo al ponernos de pie, sentarnos o subir una escalera. Todo ello responde a nuestra capacidad para comprender e interpretar los sentidos: los cinco que aprendemos desde temprana edad y otro que pocas personas identifican como tal, llamado propiocepción. Este sentido nos permite reconocer la posición y el movimiento de nuestro cuerpo en el espacio (Eberhard, 2007).


Es precisamente esta relación entre la percepción, el cuerpo, la memoria y el cerebro lo que nos interesa estudiar. Cada uno de los sentidos puede ser estimulado de manera específica mediante elementos arquitectónicos e inmateriales y, a través de ellos, es posible generar una experiencia. A partir de esta idea, podemos identificar los sentidos y analizar los estímulos relacionados con cada uno, así como su posible influencia en el comportamiento de las personas:


  • Vista: es el sentido más asociado con la arquitectura y puede estimularse, entre otros recursos, mediante la iluminación.

  • Oído: se relaciona con las experiencias sonoras de un lugar, incluyendo tanto el sonido como el ruido.

  • Tacto: se estimula a través de las texturas y las superficies, que pueden despertar el deseo de tocar o provocar sensaciones específicas.

  • Gusto: se vincula con el impacto que tienen las condiciones espaciales y la materialidad del entorno en la experiencia de comer.

  • Olfato: se relaciona con los aromas del contexto y del lugar en el que nos encontramos.

  • Propiocepción: nos permite reconocer la posición y el movimiento de nuestro cuerpo en el tiempo y el espacio.


Quienes trabajamos en la arquitectura, las neurociencias, la biología, la psicología y las ciencias cognitivas aún tenemos un largo camino por recorrer. Sin embargo, hoy buscamos comprender mejor la relevancia del diseño espacial y sus posibles efectos en el cerebro, el cuerpo, la conducta y la experiencia humana. Esta mirada interdisciplinaria también abre un diálogo sobre la accesibilidad al momento de diseñar no solo viviendas, sino también escuelas y experiencias de aprendizaje; hospitales y entornos para la recuperación de la salud; residencias geriátricas relacionadas con la demencia y la navegación espacial, así como espacios gastronómicos en los que el entorno puede influir en la toma de decisiones al comer.


El conocimiento sobre nuestro cerebro y nuestra relación con el entorno aún es limitado. Sin embargo, los avances de las distintas ciencias nos permiten comprender mejor sus funciones y la manera en que reaccionamos frente a los estímulos externos. Para el cerebro, la arquitectura puede funcionar como un sistema de memoria y desempeñar un papel relevante en la construcción del pensamiento, la navegación del espacio y la creación de experiencias (Eberhard, 2007; Metzger, 2018).


El estudio interdisciplinario de la experiencia espacial tiende puentes entre las neurociencias, las ciencias cognitivas, la biología, la teoría de la percepción y las distintas ramas de la psicología, así como con la música, el arte y, desde luego, el diseño. Su finalidad es comprender nuestro comportamiento frente a los espacios construidos pero, sobre todo, contribuir a crear experiencias más positivas y significativas en la vida de las personas.


Referencias

Eberhard, J. P. (2007). Architecture and the brain: A new knowledge base from neuroscience. Greenway Communications.

Metzger, C. (2018). Neuroarchitektur [Neuroarquitectura]. Jovis.

 
 
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