Narrativa, percepción y experiencia arquitectónica
- 20 jul
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Actualizado: hace 3 días

La representación arquitectónica suele articularse mediante un sistema cartesiano definido por la altura, la longitud y la anchura de nuestra realidad. A partir de estas dimensiones experimentamos y reconocemos el mundo que habitamos. Sin embargo, hablar de la tercera dimensión no implica únicamente reconocer nuestra capacidad visual, sino también comprender los procesos cognitivos y corporales mediante los cuales percibimos el espacio. Toda solución arquitectónica parte, en buena medida, de una representación bidimensional —el plano— y de la narrativa experiencial propuesta por el arquitecto. Esta narrativa reúne el conocimiento y la experiencia necesarios para responder a un problema mediante el diseño.
La narrativa se vuelve esencial para interpretar la arquitectura, pues comprenderla únicamente en un plano bidimensional puede resultar insuficiente, sobre todo cuando se busca resolver un problema mediante la construcción de una experiencia. Esta surge primero de una percepción personal e íntima y, posteriormente, de nuestra relación con la colectividad y el contexto. La experiencia de cada persona es única y se manifiesta según la forma en que el cerebro registra un acontecimiento, reconoce su relevancia y lo incorpora a la memoria. La arquitectura, por lo tanto, no se percibe como un objeto aislado, sino como una relación entre el cuerpo, el espacio y el entorno construido (Mallgrave, 2013).
Pero si la experiencia es individual, ¿cómo puede transmitirse?
La historia humana está llena de narraciones capaces de despertar la imaginación y de llevarnos a construir experiencias propias, aunque sean imaginadas o fantásticas. En Las ciudades invisibles, Italo Calvino presenta los relatos que Marco Polo comparte con Kublai Kan sobre ciudades imposibles y experiencias urbanas que se entrelazan entre la realidad y la imaginación. Mediante sus conversaciones, las ciudades dejan de ser simples descripciones físicas y se convierten en construcciones mentales compartidas entre quien narra y quien escucha (Calvino, 1972/2023).
De manera semejante, el arquitecto que narra el diseño desde la experiencia trasciende el plano bidimensional y sitúa a quien lo escucha en un espacio tridimensional lleno de recorridos, luces, sombras y atmósferas todavía inexistentes materialmente, pero presentes en su imaginación y su memoria. La comprensión espacial no se alcanza únicamente mediante dibujos o representaciones visuales; también requiere la interpretación narrativa que acompaña al diálogo sobre el diseño. El cerebro no funciona exclusivamente a través de la vista, sino en relación con la memoria, el cuerpo y la información aportada por los demás sentidos (Pallasmaa, 2006).
La configuración de muros, pisos y cubiertas no solo determina una composición espacial; desde una perspectiva háptica, también estimula sensaciones a través de nuestra relación con las superficies y los objetos. La percepción háptica permite reconocer los elementos arquitectónicos por su proximidad, posición, textura y relación con el cuerpo. En esta experiencia intervienen la temperatura de los materiales, el color, las superficies, los vanos, el vacío y los límites del edificio. De esta manera, el espacio se comprende tanto con la mirada como mediante el movimiento y la percepción corporal.
El estudio de la tercera dimensión y su relación con la arquitectura ha dado lugar a diversas teorías sobre los efectos del entorno en el comportamiento y las preferencias humanas. Un antecedente relevante para comprender la organización visual del paisaje es The Picturesque, o «lo pintoresco», una corriente estética consolidada en Gran Bretaña durante la segunda mitad del siglo XVIII. William Gilpin distinguió lo bello de lo pintoresco y vinculó este último con cualidades capaces de suscitar interés en una composición pictórica, como la irregularidad, la variedad, el contraste y la relación entre luces y sombras (Gilpin, 1792).
En el diseño del paisaje, lo pintoresco organiza escenas que pueden contemplarse desde puntos estratégicos del recorrido. Los elementos naturales y construidos se disponen para formar encuadres sucesivos cuya percepción depende de la ubicación del observador. No se trata únicamente de producir una imagen armónica, sino de generar una secuencia espacial capaz de modificar nuestra percepción de la distancia, del tiempo y de la relación entre los objetos. Así, el observador deja de ser una presencia pasiva y se convierte en parte de la composición.
La posición del cuerpo en el espacio despierta el interés por la experiencia visual del paisaje. Al identificar los elementos que componen una escena, la información percibida desencadena una respuesta vinculada a sus significados culturales, contextuales e intuitivos. Esta reacción puede impulsarnos no solo a contemplar, sino también a desplazarnos, adentrarnos en el terreno y examinar sus componentes con mayor cercanía. La percepción arquitectónica surge entonces de la relación dinámica entre el cuerpo en movimiento y el espacio que se revela progresivamente.
Juhani Pallasmaa afirma: «La visión revela lo que el tacto ya conoce. Podríamos pensar en el sentido del tacto como en el inconsciente de la vista. Nuestros ojos acarician superficies, contornos y bordes lejanos y la sensación táctil inconsciente determina lo agradable o desagradable de la experiencia» (Pallasmaa, 2006, p. 44).
En este sentido, la estimulación se manifiesta tanto en la percepción háptica como en el sentido propioceptivo y está impulsada por la curiosidad inherente a nuestra naturaleza. Al mismo tiempo, se desarrolla un proceso de reconocimiento de lo que nos resulta desconocido. El deseo de explorar nace, en buena medida, del misterio y de la necesidad de comprender lo que observamos.
Kaplan y Kaplan explican la preferencia ambiental a partir de dos necesidades fundamentales: comprender el entorno y explorarlo. Estas se relacionan con dos tipos de información: la inmediata, disponible desde el punto de observación, y la inferida o potencial, que promete revelarse durante el recorrido. De esta relación surgen cuatro variables: la coherencia, que facilita la comprensión inmediata; la complejidad, que estimula la exploración inmediata; la legibilidad, que permite anticipar y comprender el espacio; y el misterio, que sugiere la posibilidad de descubrir algo más al avanzar (Kaplan & Kaplan, 1989, pp. 50–57).
El impulso de recorrer un espacio nace del deseo de movernos y explorar aquello que invita a la interacción; de la tensión establecida entre el cuerpo y los objetos observados, y de la posibilidad de desplazarnos más allá del encuadre inicial. Aunque la vista desempeña un papel relevante, se complementa con la experiencia háptica para despertar nuestro interés por la arquitectura. La percepción no depende únicamente de la legibilidad de los objetos ni de la claridad de una composición visual. También intervienen la temperatura, los sonidos, los olores y nuestra capacidad propioceptiva. En conjunto, estos estímulos despiertan el movimiento y la exploración y, finalmente, nos permiten construir una experiencia propia.
Referencias
Calvino, I. (2023). Las ciudades invisibles (A. Bernárdez, trad.; C. Palma, ed.). Siruela. (Obra original publicada en 1972).
Gilpin, W. (1792). Three essays: On picturesque beauty; on picturesque travel; and on sketching landscape. R. Blamire.
Kaplan, R., & Kaplan, S. (1989). The experience of nature: A psychological perspective. Cambridge University Press.



