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Diseñar a través de los sentidos

hace 2 horas
5 min de lectura

Durante mucho tiempo, hablar de arquitectura inteligente significaba hablar de automatización, sensores, eficiencia energética o sistemas capaces de responder a parámetros predefinidos. Esa definición ya no es suficiente. Un edificio puede contener una gran cantidad de tecnología integrada y aun así producir una experiencia torpe, indiferente o incluso incómoda. La inteligencia en arquitectura no depende únicamente de cuántos dispositivos contiene un edificio, sino de qué tan bien el espacio entiende y acompaña a las personas que lo habitan.


La experiencia arquitectónica comienza antes de que seamos capaces de explicarla. La temperatura de una superficie, el eco de una habitación, un cambio de luz, un olor familiar o la manera en que el cuerpo encuentra una ruta a través del espacio contribuyen a una lectura que es, al mismo tiempo, física, cognitiva y emocional. Percibimos a través de la vista, pero también del tacto, el oído, el olfato, el gusto, la propiocepción y la memoria. El cerebro integra constantemente todas estas señales. Diseñar atendiendo sólo a una de ellas significa trabajar con una versión reducida de la experiencia humana.


Esta idea tiene antecedentes claros. Hace décadas, Juhani Pallasmaa cuestionó el dominio de la visión en la cultura arquitectónica y nos recordó que el espacio se comprende con todo el cuerpo. Gernot Böhme amplió esa discusión a través de su concepto de atmósfera: aquello que surge entre las condiciones objetivas de un lugar y la manera en que una persona las siente. El interés actual por la neuroarquitectura, la cognición espacial y los sistemas responsivos no sustituye esas intuiciones; las vuelve más operativas. Hoy podemos medir, ajustar y programar ciertos componentes del entorno, pero el objetivo sigue siendo el mismo: producir condiciones espaciales que tengan sentido para las personas.


El tacto es un buen punto de partida. Un material nunca se percibe únicamente por su apariencia. La madera, la piedra y el metal también tienen temperatura, peso, rugosidad, resonancia y una expectativa táctil construida a partir de experiencias previas. Los sistemas hápticos añaden otra capa porque pueden traducir información en vibración, resistencia o respuesta táctil. En ciertos contextos, como la accesibilidad para personas con discapacidad visual, esta tecnología puede convertir una interfaz abstracta en una herramienta práctica de orientación. Pero la pregunta de fondo no es tecnológica. Se trata de entender que el cuerpo

participa activamente en la lectura del espacio.


Proyecto La Mandarina, LVS-Architecture. Fotografía: Lorena Darquea
Proyecto La Mandarina, LVS-Architecture. Fotografía: Lorena Darquea

Lo mismo ocurre con el sonido. La acústica suele abordarse como un problema de control: reducir la reverberación, aislar el ruido, evitar molestias. Sin embargo, el sonido también establece escala, intimidad y ritmo. Un restaurante demasiado ruidoso modifica la conversación y el tiempo que las personas permanecen en él. Una oficina abierta puede volver agotadora una jornada de trabajo por la acumulación constante de estímulos. En un hospital, el ruido puede interferir con el descanso. El paisaje sonoro, entonces, no es un fondo neutro. Puede diseñarse, calibrarse y, mediante sensores y sistemas adaptativos, responder a patrones cambiantes de ocupación.


La relación entre música y comportamiento muestra hasta qué punto estas influencias pueden ser sutiles. Diversos estudios han examinado cómo el volumen, el tempo o el género musical afectan la percepción de un entorno y, en algunos casos, las decisiones de consumo. Los conocidos experimentos de Adrian North y sus colegas mostraron que la música de fondo podía sesgar la elección de ciertos vinos sin que los compradores fueran plenamente conscientes de esa influencia. La intención no es convertir la arquitectura en un sistema de manipulación, sino reconocer que las condiciones que diseñamos siempre tienen efectos, incluso cuando esos efectos permanecen implícitos.


El olfato vuelve especialmente tangible esta relación entre espacio, memoria y emoción. Los aromas pueden activar recuerdos con una rapidez que pocos estímulos consiguen. En retail y hospitalidad esto se ha utilizado para construir identidades sensoriales, pero su relevancia arquitectónica es más amplia. La ventilación, la presencia de materiales naturales, los olores de una cocina y la forma en que determinadas fragancias se dispersan forman parte de una atmósfera. En un restaurante de mariscos, por ejemplo, el diseño mecánico debería permitir que se perciba frescura sin que el olor llegue a resultar intrusivo. En un asador, el aroma de la parrilla puede aumentar la anticipación, pero su presencia constante también puede provocar fatiga sensorial. Diseñar con el olfato implica trabajar con intensidad, duración y adaptación.


La visión, por supuesto, sigue siendo central, pero su papel cambia cuando se entiende en relación con la acción. El modelo de los dos sistemas visuales distingue entre una vía asociada al reconocimiento de objetos y otra vinculada con la orientación espacial, el movimiento y la acción. Esta distinción permite pensar la señalética, la circulación y la organización visual desde la manera en que las personas realmente se desplazan. En un proyecto de supermercado desarrollado por LVS-Architecture, por ejemplo, reducir el desorden visual e introducir una cinta perimetral continua ayudó a organizar la navegación, mientras que elementos fijos de mayor escala facilitaron la identificación de departamentos específicos. La estrategia no dependía de añadir información, sino de establecer jerarquías.


Proyecto supermercados HEB, LVS-Architecture. Fotografía: ARCE Estudio
Proyecto supermercados HEB, LVS-Architecture. Fotografía: ARCE Estudio

Este punto resulta particularmente relevante en una cultura saturada de estímulos. La respuesta habitual ante la complejidad es añadir más señales, más pantallas y más capas de comunicación. El resultado puede ser exactamente el contrario de lo que se buscaba: un espacio que exige demasiado esfuerzo cognitivo. La inteligencia espacial también implica saber qué quitar, qué hacer evidente y qué dejar en segundo plano.

La tecnología amplía estas posibilidades. Sensores, iluminación dinámica, realidad aumentada, Internet de las Cosas y sistemas de aprendizaje pueden permitir que un entorno responda a la ocupación, a la hora del día o a determinadas preferencias del usuario. Sin embargo, la automatización introduce un problema importante: la agencia. Un espacio que decide todo por nosotros puede ser eficiente y, aun así, generar distancia o pérdida de control. El diseño inteligente debería apoyar la toma de decisiones humanas, no sustituirla.


Aquí entra la dimensión social. Richard Sennett ha subrayado la importancia de la adaptabilidad y de entornos capaces de albergar usos que cambian con el tiempo. Los restaurantes son un ejemplo especialmente claro porque concentran un conjunto denso de códigos sociales: intimidad, exposición, encuentro, celebración, observación. La ubicación de una mesa, la distancia entre los asientos, la iluminación o la posibilidad de mover el mobiliario afectan directamente la manera en que esos encuentros se desarrollan. La gente no va únicamente a comer. Va a reunirse, observar, conversar, participar en una escena compartida. La arquitectura organiza esa performatividad social sin necesidad de hacerla explícita.


Pensar el diseño inteligente desde esta perspectiva desplaza la discusión del dispositivo hacia la experiencia. La pregunta deja de ser qué tecnología podemos añadir y pasa a ser qué tipo de relación queremos producir entre cuerpo, espacio y comportamiento. A veces la respuesta será un sensor. Otras veces será una textura, una sombra, una mejor acústica o un sistema de circulación más legible.


El futuro multisensorial de la arquitectura no depende de convertir los edificios en máquinas cada vez más complejas. Depende de construir una comprensión más precisa de cómo percibimos, recordamos, actuamos y convivimos. La tecnología puede ayudar a que los espacios sean más atentos y adaptables, pero la medida de su éxito seguirá siendo profundamente humana: cómo nos orientamos, cómo nos sentimos, cuánto control conservamos y qué tan capaces somos de relacionarnos con los demás dentro de ellos.

 
 
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