Hacia otros paradigmas para la práctica arquitectónica
Comprender nuestro pasado nos acerca a nuestro futuro.
Luis Othón Villegas-Solís

La arquitectura debería avanzar hacia una comprensión más amplia del diseño y del pensamiento pragmático, capaz de responder a circunstancias cambiantes e incorporar conocimientos de otros campos. Los arquitectos asumen cada vez más funciones que trascienden el diseño individual: facilitan la interacción social y asumen nuevas responsabilidades en la profesión. Sin embargo, algunos modelos de práctica arquitectónica siguen siendo obsoletos. Necesitamos reconsiderar cómo organizamos nuestros despachos, cómo colaboramos y cómo abordamos el proceso de diseño.
Los arquitectos y diseñadores debemos ser propositivos y emprendedores, estar dispuestos a explorar nuevos modelos de práctica. Esto exige escuchar las necesidades de las personas, incorporar la innovación y mantenernos abiertos a resultados que quizá no habíamos previsto. Sobre todo, exige colaborar con otras disciplinas y profesiones. Los proyectos sostenibles dependen de nuestra capacidad para aprender de la sociedad, la cultura, la geografía y las formas de habitar, así como de las nuevas tecnologías. Una práctica arquitectónica más amplia también debe dar cabida a la gestión empresarial y a la innovación social.
Dentro de esta apertura al cambio, creo que los arquitectos debemos ser incansables y ralentizar el ejercicio del pensamiento. Me refiero a la perseverancia para mantenerse ante una pregunta, reconsiderar un supuesto y dedicar a un problema de diseño la atención que merece. Esto nunca debería retrasar innecesariamente una obra ni impedirnos llegar a una solución. Significa reconocer cuándo una solución requiere más reflexión, incluso cuando la presión por entregar nos impulsa a seguir adelante.
Todos tenemos prisa por producir, responder y entregar, muchas veces sin detenernos a considerar qué estamos haciendo. La inteligencia artificial y la tecnología aceleran este ritmo y ofrecen posibilidades que debemos seguir explorando. Pero la capacidad de trabajar más rápido también nos exige pensar con cuidado en cómo aprovecharla. Necesitamos espacio para hacer una pausa, volver a nuestras ideas y comprender lo que estamos creando. Aprender con rapidez y pensar con profundidad pueden formar parte del mismo proceso.

Quizá esta aceleración —y una conciencia cada vez mayor del uso excesivo de la tecnología— explique, en parte, por qué estamos empezando a ver de nuevo los procesos hechos a mano. Volvemos a prestar atención a las artes y los oficios, a los procesos artesanales y a las tradiciones culturales que los sustentan. Veo en este interés un deseo de hacer más humano nuestro trabajo a medida que la tecnología adquiere mayor presencia en él.
Volver a nuestras raíces forma parte de ese deseo: recordar quiénes somos, de qué regiones venimos y cómo nos reconocemos en lo que hacemos. En arquitectura, esto se manifiesta en un interés renovado por los materiales regionales, las prácticas constructivas y los conocimientos transmitidos de generación en generación. Estas tradiciones pueden orientar el uso de nuevas herramientas, mientras que la tecnología puede ayudarnos a explorar cómo podrían transformarse.
La colaboración permite desarrollar este intercambio. Las generaciones más jóvenes exploran nuevas formas de trabajo interdisciplinario, aprenden de otras profesiones y redescubren el valor de los oficios y los conocimientos locales. El mundo del diseñador que trabaja en solitario está cambiando, y la práctica arquitectónica depende cada vez más del trabajo colectivo. Tenemos mucho que aprender al incorporar distintas habilidades, procedencias culturales y formas de pensar en el proceso de diseño.
Para mí, ralentizar significa sostener esa curiosidad y esa atención en un mundo que nos exige apresurarnos. La tecnología puede apoyar este esfuerzo, pero nos corresponde decidir dónde ayuda la velocidad y dónde una pausa nos permite ver con mayor claridad. Una obra resuena con mayor profundidad en nosotros cuando podemos reconocer el pensamiento, el cuidado y las manos humanas que la hicieron posible. Una arquitectura de los sentidos requiere tiempo y atención, desde la primera idea hasta su realización.



