Diseñar con evidencia, habitar con libertad

Nuestra participación en Public Space as a Living Lab, en el Van Alen Institute, confirmó una convicción que ha ido tomando mayor peso en nuestra práctica: la investigación basada en evidencia puede dar al diseño una dirección más clara. Ayuda a precisar qué esperamos de una decisión arquitectónica y a examinar qué ocurre cuando esa decisión se encuentra con un cuerpo, con sus capacidades y con las circunstancias de la vida cotidiana.
Gracias al apoyo de ANFA y Xtopia. El trabajo con Julia del Río, Tatiana Teixeira y Marcella del Signore, junto con las aportaciones de Bruno Miranda, Sofia Boarino y Maha Anber, permitió acercarnos a métodos para estudiar las relaciones entre espacio, percepción, comportamiento y respuesta fisiológica. Lo valioso fue participar en la producción de esa información: observar, registrar, intervenir y volver a mirar.
Como arquitectos, atribuimos cualidades a los lugares que proyectamos. Hablamos de tranquilidad, de comodidad, de espacios que favorecen el encuentro. Cada afirmación contiene una expectativa sobre quienes los habitarán. La investigación permite formular esas expectativas con mayor precisión y preguntarnos qué evidencia las sostiene. También nos obliga a reconocer que una intención bien argumentada puede producir un resultado distinto del previsto.
Esta forma de trabajar enriquece el juicio arquitectónico. La belleza, la imaginación y la dimensión filosófica de una obra siguen requiriendo interpretación y criterio. El conocimiento sobre cómo se habita puede darles profundidad: permite atender lo que el dibujo anticipa con dificultad y lo que una fotografía terminada apenas alcanza a mostrar.

Junto al canal
El ejercicio de campo se desarrolló en espacios públicos junto al Gowanus Canal, en Brooklyn, dentro de un sector en transformación. Ahí trabajamos con condiciones que cualquier proyecto debe enfrentar al salir del estudio: personas con propósitos propios, cambios ambientales y actividades que continúan durante una medición.
Primero observamos los espacios sin intervención. Después incorporamos elementos temporales, entre ellos asientos y dispositivos de sombra, y repetimos el registro. Interesaba examinar qué podía cambiar al modificar algunas condiciones de uso: dónde se detenían las personas, cuántas permanecían, qué lugares ocupaban y cómo se distribuían respecto de los elementos introducidos.
Algunos participantes también realizamos pruebas con instrumentos como el Polar H10 para registrar actividad cardíaca. El protocolo incluía cuestionarios sobre afecto y restauración percibida, así como tareas de atención. La observación del uso cotidiano del lugar aportaba otro registro, independiente de las respuestas de quienes participábamos en las pruebas.
Esta separación era importante. Permanecer en un sitio, reportar comodidad y presentar una variación fisiológica describen aspectos diferentes de una situación. Su relación requiere interpretación. Una cifra de variabilidad de la frecuencia cardíaca, por ejemplo, no permite identificar por sí sola una emoción ni calificar la calidad de un espacio.
Al participar en las mediciones, el dato adquiere otra dimensión. Detrás de él hay un tiempo de exposición, una postura corporal, un procedimiento y unas condiciones ambientales. Hay también decisiones sobre qué registrar y qué queda fuera. Conocer ese proceso ayuda a leer los resultados con mayor cuidado.

Lo que un lugar permite hacer
La relación entre percepción y acción ofrece una manera de comprender lo que estaba en juego. Percibimos posibilidades de actuar en los lugares: sentarnos, atravesar, acercarnos, detenernos. El concepto de affordance describe esa relación entre las condiciones del entorno y las capacidades de quien puede actuar en él.
Un asiento debe poder reconocerse y utilizarse como tal. Su altura, su orientación y su proximidad a otros cuerpos influyen en las posibilidades que ofrece. Bajo ciertas condiciones de calor, la sombra puede hacer tolerable una permanencia que al sol resultaría incómoda. La posibilidad de mover una silla permite ajustar la distancia respecto de otra persona o cambiar la dirección de la mirada.
Estas relaciones exceden lo visual. La radiación solar, el viento, la humedad y el sonido participan en la manera de ocupar un lugar, aunque no siempre podamos explicar cuánto pesa cada uno en nuestra decisión.
En Brooklyn, observar la ocupación de los espacios intervenidos permitió prestar atención a esas posibilidades. Ver a alguien aprovechar la sombra o elegir un asiento era un punto de partida. Para comprender su elección habría que conocer también su propósito, sus alternativas y las condiciones de ese momento. El comportamiento visible aporta evidencia; los motivos requieren otras preguntas.

La precisión de reconocer los límites
El workshop fue una demostración de métodos en condiciones reales. Su duración y su alcance exigían prudencia al interpretar lo observado. Entre las mediciones de la mañana y las de la tarde podían cambiar la temperatura, la posición del sol y la composición de quienes usaban el espacio. Repetir una prueba podía influir en el desempeño. Modificar varios elementos a la vez dificultaba distinguir la contribución de cada uno. Estas condiciones formaban parte del ejercicio y debían acompañar cualquier lectura de sus resultados.
Un laboratorio permitiría aislar algunas variables con mayor rigor. El campo permite estudiar cómo esas variables se presentan juntas, entre actividades y decisiones cotidianas. La pregunta de investigación determina qué condiciones conviene controlar y cuáles necesitamos conservar para comprender el uso real de un lugar.
También importa a quién observamos. Las capacidades físicas, la edad, la familiaridad con el sitio y el propósito de una visita pueden modificar la respuesta ante una misma disposición espacial. Ampliar el número de participantes ayuda en ciertos análisis, pero representar distintas formas de habitar requiere revisar cómo se selecciona la muestra y quién sigue ausente.
La visualización de datos introduce una responsabilidad adicional. Un promedio puede ocultar respuestas opuestas; una gráfica puede hacer que una diferencia pequeña parezca decisiva. Volver legible la información exige conservar las condiciones que permiten interpretarla. La tecnología y las herramientas de inteligencia artificial pueden apoyar su organización y exploración. El criterio sobre lo que esa información autoriza a afirmar sigue siendo nuestro.

Una práctica que puede revisar sus decisiones
Lo que nos llevamos del workshop es una forma más precisa de vincular investigación y proyecto. Antes de intervenir, definir qué cambio esperamos y para quién. Elegir medidas pertinentes. Después, examinar si lo observado corresponde con esa expectativa y qué otras explicaciones siguen abiertas. Este proceso puede fortalecer una práctica capaz de aprender de sus propias obras. Nos permite revisar decisiones que parecían resueltas y reconocer usos que no habíamos previsto. También ayuda a precisar qué significa ofrecer libertad de acción: disponer de alternativas para permanecer, moverse, acercarse a otros o mantener distancia.
La salud física y mental forma parte de esta responsabilidad, aunque atribuirle beneficios a una obra exige evidencia específica. Una intervención breve puede orientar preguntas sobre comodidad, atención o permanencia; conocer sus efectos duraderos requiere seguimiento.
El cuerpo que habita pertenece, además, a una ecología. Depende del aire, del agua, de las temperaturas y de otros organismos. La arquitectura modifica esas relaciones mediante sus materiales, sus demandas de energía y las condiciones que produce alrededor. Interviene también en costumbres, recursos y formas de ocupación que preceden al proyecto.
Por eso, una práctica informada por evidencia necesita mirar más allá de un indicador individual. Debe comprender qué sostiene la habitabilidad de un lugar y qué costos desplaza hacia otros cuerpos, otros territorios o el futuro.
Junto al Gowanus Canal trabajamos con intervenciones temporales y mediciones breves. Para nuestra práctica, su alcance está en haber hecho tangible un compromiso: formular con cuidado lo que esperamos de la arquitectura y permanecer atentos a lo que sucede cuando otros la habitan. Una obra puede conservar su fuerza poética y, al mismo tiempo, aceptar que sus decisiones sean examinadas, discutidas y corregidas a lo largo de su vida.




